El mundo es una inmensa plutocracia y su principal brazo ejecutor es el FMI. Decide sobre los gobiernos de las naciones lo que deben o no deben hacer e impone su ley, la ley del dinero. Pero ¿quiénes son, quiénes se esconden tras esta y otras instituciones similares? El valor de los parlamentos nacionales es residual si comparamos su función con la posición ejecutiva de estas instituciones y sus distintas formas de presión. Y por ende, el poder que, según los sistemas democráticos, recae en el pueblo, se convierte, por arte y magia de estos gobiernos en la sombra, en simple arrulladora ficción.
En el actual caso español, el FMI no admite cambio alguno de las reformas laborales llevadas a cabo por Zapatero bajo la presión –eufemísticamente llamada- de los “mercados internacionales” y que actúan contra las clases media y baja haciéndoles pagar los platos rotos por los grupos financieros nacionales e internacionales. Son estos grupos los que nos han conducido a esta situación, son estos calvinistas que se ocultan tras instituciones de renombrada sonoridad pero de corazón vacío quienes, movidos por su codicia, han vendido aire a precio de oro aún a sabiendas de que la ilusión desaparecería tarde o temprano y el descalabro vendría después. Parecería lógico, por tanto, que si el origen de la crisis actual es financiero, fueran los “expertos” en jugar con el dinero ajeno quienes corrieran con los gastos y el resto de las consecuencias de su fracasado experimento. Pero no, las instituciones financieras de todo el mundo se van de rositas de esta crisis y, al menos en España, la cargan a las espaldas de los más pobres e indefensos, los asalariados y pensionistas, mientras que no se recortan o eliminan otras partidas como las de los ministerios fantasma –que son aquellos cuyas competencias están transferidas a las comunidades- o se aumentan las subvenciones y gastos en que incurre la actividad política. Que un partido que se proclama socialista haga esta reforma que está en boca de todos y que ha motivado una huelga general en protesta, ofendería al mismísimo Carlos Marx. Que los españoles aceptemos la situación como irrevocable ofende también a la inteligencia de todo un pueblo.
Hay, sin embargo, otras soluciones posibles. Voces se han levantado como la de Joan Herrera, de Iniciativa por Cataluña, y otros, contra las soluciones ditirámbicas que el gobierno de Zapatero ha impuesto de forma prepotente, evitando -con argucias impropias del tan cacareado talante dialogador del premier español- los debates y el consenso a distintos niveles. Si no podemos luchar contra el poder del mundo en la sombra, al menos sí está en nuestra mano combatir lo que nos imponen sus caras visibles y más cercanas desde las ideas y los razonamientos ponderados, desde el diálogo y la iniciativa ilusionante. Que así sea.
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